¿Y usted? ¿Se tatuaría el logo de su empresa?

Un señor llamado Anthony, que tiene una empresa inmobiliaria en Brookling,  le ha propuesto a sus empleados que se tatúen el logo de la empresa a cambio de un 15% más de salario.  Una primera reflexión nos invita a pensar en el mercado laboral norteamericano como  un entretenido lugar  para cualquier delegado sindical de nuestro país.  Aunque tal y como están las cosas por aquí mejor no dar ideas.

Tampoco es nada nuevo en estos lares. Hay quien se ha tatuado su marca favorita en la piel sin ni siquiera ser empleado de la empresa y sin recibir nada a cambio, y estarán de acuerdo en que eso por si solo merecería otro post. (Como dijo el torero: “Hay gente pa tó…”)
La segunda reflexión tiene que ver con el compromiso de algunos empleados con su empresa, que se demuestra en ocasiones con acciones menos drásticas que grabarse su nombre en la piel.

Hasta los jubilados…

En muy pocas semanas hemos visto a varias empresas usando una estrategia publicitaria similar: Hacer que sus propios empleados hablen bien de ellas. En su día lo observamos en una campaña del BBVA en la que los directores de las sucursales se dirigían al publico que abarrotaba los estadios. Hace poco vimos a los empleados de La Cocinera tratando de acabar con la crisis de reputación de la carne de caballo detectada en algunos de sus productos. Estos días se unen los trabajadores de Balay dando fe del afán que ponen en cada uno de sus electrodomésticos.

¿Coincidencia? Puede que los estrategas hayan pensado que en el contexto actual los mensajes mas creíbles son los de los propios trabajadores de las empresas, auténticos supervivientes de esta crisis que todo lo devora.  Por otro lado la publicidad se hace eco de la vida real. Al fin y al cabo ¿quién tiene mejor crédito que los empleados de un establecimiento para saber si lo que venden es bueno?

En su día dijimos que la mejor promoción es la que hacen los trabajadores sin publicidad de por medio. El boca a boca es un poderoso reclamo si es auténtico y para ello es necesario complementar la estrategia publicitaria con la comunicación interna. De lo contrario todo puede quedar en un simple artificio publicitario o en un efecto justo contrario al que se busca, que puede ser también enormemente dañino para la imagen de la institución.  Salvando las distancias, algo similar a lo que ocurrió a la candidatura de Madrid a las Olimpiadas cuando los trabajadores del metro de la ciudad se manifestaron en contra.

Hubo un tiempo en que eran los ejecutivos de la empresa quienes empeñaban su palabra en que no había mejor producto que el suyo. ¿Se acuerdan de aquel “…busque, compare y si encuentra algo mejor…”?  Es verdad que los tiempos cambian, pero al final tenemos que reconocer que puestos a confiar en alguien, hoy día,  preferimos a los currantes.

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