Flashmob, visto y no visto

Entonces no lo sabíamos, pero cuando veíamos a Leroy Johnson y sus compañeros de academia  de la ochentera serie Fama bailar en plena calle, perfectamente coordinados, estábamos ante lo que casi tres décadas después llamaríamos flashmob. Traducido del inglés significa multitud instantánea y viene a ser un grupo de personas que, atendiendo a una convocatoria hecha a través de las redes sociales, acuden a un lugar público para llevar a  cabo una especie de performance o actuación aparentemente, sólo aparentemente, improvisada para luego dispersarse, como si nada.

Algunos flashmob son auténticos virales que registran jugosísimos registros de visitas.  Y como podrán imaginar, esa apariencia jugosa no pasa desapercibida a los publicistas.


El acontecimiento quedará grabado desde distintos ángulos para ver el efecto que provoca en los desprevenidos transeúntes e inmediatamente se sube a la red. Algunos flashmob son auténticos virales que registran jugosísimos registros de visitas.  Y como podrán imaginar, esa apariencia jugosa no pasa desapercibida a los publicistas que ya han visto un filón a explotar.

Pero no sólo los publicistas. El primer antecendente de importancia en España de estas concentraciones “espontáneas” lo tenemos en aquella convocatoria por sms, con el lema “pásalo”, que llevó a cabo el PSOE  justo antes de ganar las alecciones de 2004, en la que manejaron hábilmente el desconcierto comunicativo del Gobierno de José María Aznar tras los atentados del 11-M.

Vivimos tiempos en los que ya no existen minorías desechables; todos tenemos denominadores comunes que mostramos abiertamente en los escaparates de la Red.

Ahora las convocatorias se realizan a través las redes sociales, lo que permite segmentar las propuestas por personas o por intereses comunes. Una de las claves de éxito para convocar un flashmob es poder elegir bien el  target, el objetivo a quien va dirigido éste. Por eso son las redes sociales, en las que los perfiles se definen y se agrupan en torno a las aficiones más insospechadas, las que han permitido eclosionar este fenómeno. Vivimos tiempos en los que ya no existen minorías desechables, todos tenemos denominadores comunes que mostramos abiertamente en los escaparates de la Red.

Lógicamente, la espontaneidad es lo primero que se pierde cuando usamos un flashmob como herramienta de marketing, lo que ha llevado a los puristas a crear una nueva definición para las versiones publicitarias de este fenómeno que degenera, según ellos, en un fakemob. Para otros es una expresión de arte efímero al que no somos ajenos en Canarias, donde más de uno se ha llevado alguna sorpresa con grupos de “locos” más o menos coordinados.

A  un año de las elecciones autonómicas nos atrevemos a hacer un pronóstico: que la comunicación política no va a pasar por alto la oportunidad que le brinda el flashmob de atraer las miradas de un numerosísimo público objetivo, con una campaña creativa y un mensaje muy positivo que diferencie a sus promotores sobre todos los demás. Lo contrario sería una oportunidad política perdida.

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