El sexo, la política y otros instintos básicos

Leemos una noticia sobre un candidato brasileño que está haciendo campaña para las próximas legislativas a través de unos videos eróticos colgados en la red. Según Jefferson Camilo, que así se llama el candidato, la campaña trata de dar un toque de humor al proceso electoral.

Recurrir a los instintos puede ser una táctica rentable a corto plazo en la comunicación política pero el coste suele ser muy elevado.

Pero ustedes, queridos lectores, estarán de acuerdo en que no busca sonrisas tanto como hacerse notar, hasta el punto de que hoy estemos hablando de él donde ni siquiera podemos votarle. Es verdad que recurrir a los instintos puede ser una táctica rentable a corto plazo en la comunicación política, pero el coste suele ser muy elevado. Pensemos en tres argumentos instintivos usados en política con más o menos frecuencia. Proponemos el sexo, el humor y el miedo.

Del primero estamos hablando ya gracias al amigo Camilo, que no es precisamente un pionero. Quien primero rentabilizó el sexo como argumento electoral fue una actriz pornográfica italiana llamada Cicciolina, que obtuvo su escaño sin pronunciar un solo discurso, pero acaparando todos los flashes. En España, aunque ni mucho menos tan explícito,  aún se recuerda el cartel electoral que dio a conocer al candidato  Albert Rivera. Rivera obtuvo su escaño y fue elegido hombre más sexy del año en Cataluña en 2007, aunque, todo hay que decirlo, dio muchísimos más discursos que Cicciolina.

Nada que ocultar. Ése era el mensaje.

El sexo o el erotismo pueden servir como catalizadores en una campaña pero deben apoyarse en otros argumentos más sólidos o no dejará de ser un efecto pasajero. El otro gran inconveniente es que el candidato no consiga desvincularse del reclamo a tiempo.  Su credibilidad quedará tocada y, simplemente, nadie se lo tomará en serio.

Si la burla resulta exagerada se volverá en contra. El sarcasmo es un picante aditivo del que no hay que abusar.

El humor suele ser otra efectiva arma electoral. Arma arrojadiza para más señas. Ya dijimos en su día que una de las campañas más efectivas contra la credibilidad de un político se hizo en los 70 contra Spiro Agnew , que llegó a vicepresidente con Nixon. Lo malo del humor en política es que los candidatos nunca lo usan para reirse de si mismos. También aquí existe un inconveniente: si la burla resulta exagerada se volverá en contra. El sarcasmo es un picante aditivo del que no hay que abusar.  Tenemos un ejemplo en la reciente intervención de un político venezolano que pasará sin duda a los anales de la mala educación, en pleno debate en la CNN.  Más recientemente aún los comentarios de un diputado del PP sobre el acento de la ministra Trinidad Jiménez obligaban a su propio partido a desmarcarse de él. El ciudadano distingue claramente la ironía de la falta de respeto, y no perdona lo segundo.

¿Y el miedo? Puede que aún recuerden el famoso video del dobermann con el que el PSOE pedía el voto en las elecciones del 96 en España.

Miedo a lo desconocido en blanco y negro frente a una imagen colorida y muy positiva. Desde luego, el video no dejaba lugar a la sutileza y aunque fue Aznar quien ganó aquellas elecciones, es probable que a muchos se les apareciese el doberman de marras al ir a coger su papeleta.

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